Cuando todo tiembla: cómo procesar emocionalmente una crisis que te toca de cerca

Una crisis puede dejar miedo, tristeza e incertidumbre incluso cuando el peligro ya pasó. Tenemos que tener paciencia para procesar lo vivido sin exigirnos estar bien demasiado rápido.

Hay momentos en los que la vida cambia de ritmo en cuestión de segundos. Un terremoto, una inundación, un accidente, una emergencia. Algo ocurre y, de pronto, aquello que parecía estable deja de sentirse tan seguro.


Entonces pueden aparecer muchas sensaciones: miedo, tristeza, rabia, confusión, dificultad para dormir, necesidad de saber constantemente qué está pasando o una sensación extraña de estar esperando que vuelva a ocurrir.


Si tú, alguien de tu familia o una persona cercana vivió directamente una situación así, es importante recordar que, aunque el peligro haya pasado, no significa que tu cuerpo y tu mente hayan terminado de procesarlo.

Primero sobrevivimos. Después intentamos comprender.


Durante una situación de emergencia, nuestra atención se concentra en lo inmediato.

¿Estoy a salvo?

¿Dónde están los demás?

¿Qué pasó?

¿Qué hacemos ahora?

En esos momentos no necesitamos comprender emocionalmente lo que está ocurriendo. Necesitamos responder, solucionar, ponernos a salvo.

Pero después puede aparecer todo aquello que no tuvimos espacio para sentir, como el miedo, la tristeza, la impotencia o el llanto. Y en ese momento es importante recordar que no hay una manera correcta de reaccionar.

Algunas personas necesitan hablar. Otras necesitan silencio. Algunas quieren reconstruir rápidamente la rutina. Otras necesitan tiempo antes de volver a sentirse normales.

Procesar no significa reaccionar de una determinada manera.

No te obligues a «superarlo»

Después de una experiencia difícil podemos sentir una presión silenciosa a estar bien (sea por parte de otros o de nosotros mismos) y nos decimos cosas como «ya pasó.», «tengo que ser fuerte», «hay personas que están peor», o «tengo que volver a la normalidad».

Pero comparar el propio dolor con el de otras personas no hace que desaparezca.

Puedes reconocer que otras personas están atravesando situaciones más graves y, al mismo tiempo, reconocer que nosotros también estamos afectados.

El dolor no necesita competir para ser válido.

Hablar puede ayudar. Pero no tienes que hablar de todo.

Contar lo que ocurrió puede ayudarnos a organizar la experiencia, pero también puede ser agotador repetirla una y otra vez. Por eso puede ser útil preguntarse:

¿Necesito hablar de lo que pasó o necesito sentir que no estoy solo?

Porque pueden ser cosas diferentes o nuestras necesidades pueden cambiar de un momento a otro. Un día puedes querer conversar, mientras que otro necesitas compañía sin hablar. A veces sientes la necesidad de volver a tu cotidianidad y otras veces quieres solo dormir.

Escucharnos es parte esencial de procesar lo que está pasando.

Recuperar pequeñas certezas

Después de una crisis, el mundo puede sentirse impredecible y por eso las pequeñas rutinas son tan valiosas, como por ejemplo comer a horarios razonables, dormir lo suficiente o retomar actividades conocidas.

Todo lo que nos pueda dar estabilidad es útil, así que también hablar con personas de confianza, tomarse un café en calma o volver al trabajo cuando sea posible.

Importante: no se trata de evitar o «borrar» lo sucedido (o nuestras emociones), sino de ayudar al organismo a recuperar cierta sensación de estructura.

No podemos recuperar inmediatamente el control, pero podemos crear estructuras que nos den estabilidad.

Y si el miedo permanece

Es normal. Es completamente normal que después de una experiencia potencialmente traumática aparezcan reacciones emocionales y físicas.

Lo que si es importante es prestar atención a esas reacciones. Si con el paso del tiempo el miedo, las imágenes, las pesadillas, la hipervigilancia, la evitación o la dificultad para funcionar cotidianamente permanecen o aumentan, puede ser importante buscar acompañamiento profesional.

Pedir ayuda no significa que estemos reaccionando mal o que haya algo mal en nosotros, solo significa reconocer que algunas experiencias necesitan ser acompañadas.

Quizás el objetivo no sea volver exactamente a como estábamos

Después de una crisis solemos hablar de «volver a la normalidad», pero es normal que las experiencias fuertes nos transformen.

El proceso, entonces, no consiste en borrar lo que pasó para volver a como estábamos antes, sino en integrar lo ocurrido y construir una nueva sensación de seguridad.

No se trata de olvidar que el mundo puede ser frágil, sino de sentir que, incluso dentro de esa fragilidad, podemos vivir.

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