Cuando la crisis ocurre lejos, pero nos toca de cerca

No estabas allí. No viviste la crisis. Tu sigues en pie. Tu familia está bien.
Sin embargo, algo dentro de ti se movió.
Seguramente escuchaste las noticias o viste las imágenes. Pensaste en tus padres, tus hijos, tu pareja o tus amigos. Imaginaste qué habría pasado si hubiera ocurrido donde vives.
Y aparecieron muchas sensaciones difíciles de nombrar: un nudo en el estómago, un taco en la garganta, impotencia, ganas de llorar, vulnerabilidad… Incluso gratitud por estar a salvo.
Que una tragedia o una crisis no te haya ocurrido directamente no significa que no pueda afectarte.
Que estemos lejos no significa que no nos afecte emocionalmente
Los seres humanos tenemos una capacidad extraordinaria para imaginar, crear y empatizar. Podemos ver una casa destruida y pensar en la nuestra o escuchar que alguien no encuentra a un familiar y pensar qué haríamos nosotros en esa situación. Entonces vemos una ciudad afectada y nos preguntamos: «¿Qué pasaría si esto ocurriera aquí?»
La imaginación puede acercarnos emocionalmente a experiencias que no vivimos directamente, y las redes sociales han llevado esto a otro nivel, porque antes leíamos o escuchábamos una noticia y teníamos tiempo para procesarla o conversar sobre ella. Ahora podemos verla desde múltiples ángulos, durante horas, acompañada de videos, testimonios, opiniones y actualizaciones que nunca paran.
Entonces la tragedia puede sentirse tan cerca que nuestro cuerpo no nota la diferencia y reacciona cómo si estuviéramos allí.
Informarse no es lo mismo que procesar
Cuando algo nos preocupa, tiene sentido buscar más información. Queremos saber qué ocurrió, qué tan grave es, si hay riesgos para nosotros o qué podemos hacer. El problema aparece cuando la búsqueda de información en vez de darnos tranquilidad, alimenta cada vez más la sensación de amenaza.
En nuestra cabeza pensamos “una noticia más”, “es tan solo un video” o “necesito estar al tanto”, y con esa justificación revisamos una y otra vez el celular.
En estos casos es fundamental preguntarnos: ¿Estoy buscando información porque la necesito o porque estoy buscando una certeza que nadie puede darme?
La información nos puede orientar, pero no siempre nos dará certezas. Y si consumimos más de lo que podemos procesar, podemos afectar nuestra capacidad para recibir, discriminar y entender la información misma.
No podemos hacerlo todo. Pero casi siempre podemos hacer algo.
Sentirnos afectados también puede despertar algo valioso: el deseo de ayudar. Y aunque estemos lejos, existen formas concretas de hacerlo. Donar a personas u organizaciones confiables, compartir información útil, conectar a alguien con quien pueda ayudar, ofrecer alojamiento o recursos cuando esté a nuestro alcance, o simplemente acompañar a una persona que conocemos y que está atravesando la situación.
No necesitamos estar en el lugar de la tragedia para hacer parte de la respuesta. A veces, nuestra contribución será pequeña, pero en este tipo de circunstancias lo que parece pequeño para nosotros es gigante para alguien más.
La clave está en encontrar una manera de transformar la emoción en acción sin convertirnos nosotros mismos en otra persona afectada que necesita ser rescatada. Podemos ayudar y, al mismo tiempo, reconocer nuestros límites. Informarnos para saber cómo contribuir, pero también descansar. Estar disponibles para otros, sin abandonar nuestras propias necesidades.
No se trata de dejar de sentir para estar bien. Se trata de dejar que lo que sentimos también nos ayude a decidir qué podemos hacer y hasta dónde.

No necesitas convencerte de que «todo estará bien»
Las tragedias nos confrontan tanto porque nos recuerdan que nada es permanente.
Nuestra casa.
Nuestro trabajo.
Nuestros planes.
Las personas que amamos.
Nuestra propia vida.
Todo es frágil y esa realidad es una verdad incómoda; una reflexión dolorosa.
Entonces tratamos de tranquilizarnos. Decimos: «no pienses en eso», «todo va a estar bien» o «haz de cuenta que no pasó», pero mirar para otro lado no lo hace desaparecer. La verdad es que no tenemos garantías absolutas, la vida tiene riesgos, la naturaleza es impredecible y los humanos somos vulnerables.
Aceptar esto no significa vivir aterrorizados, sino reconocer que nuestro control tiene límites. Aceptarlo es abrazar la incertidumbre con humildad y utilizar esta verdad para hacernos preguntas más profundas y tomar decisiones más potentes.
Esta realidad nos puede llevar a preguntarnos qué hacemos con el tiempo que tenemos y cómo construimos las relaciones o disfrutamos a las personas a nuestro alrededor.
De nuevo: no para vivir con miedo, sino para vivir con más consciencia de lo efímero que es todo esto.
Y hay otra cosa que las tragedias nos muestran
La fragilidad no es toda la historia, porque en medio de las crisis siempre aparecen personas ayudando, familias sosteniéndose, comunidades organizándose y ciudades reconstruyéndose.
Vemos todo tipo de personas que, después de perderlo todo, empiezan de nuevo. Y eso es muy humano, porque, así como somos vulnerables, también somos profundamente resilientes, tenemos una gran capacidad de adaptación, cooperación y reconstrucción.
Y justamente eso es lo que necesitamos recordar en estos momentos, que ambas realidades son ciertas: la vida es frágil; y también es fuerte.
Podemos reconocer nuestra vulnerabilidad sin vivir paralizados por ella, podemos informarnos sin consumirnos, podemos sentir miedo sin convertirlo en amenaza y podemos agradecer estar a salvo sin sentir culpa por quienes están sufriendo.


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